Algunas películas de tiburones construyen el suspenso alrededor del animal y otras descubren que el conflicto estaba entre las personas. La Boca del Diablo (The Devil’s Mouth), la nueva película de Prime Video dirigida por Jeff Wadlow, imagina un sistema de cuevas donde un tiburón toro convierte un recorrido turístico en una trampa. Pero el centro de la película aparece antes del primer ataque, con una relación de poder que llevaba años funcionando bajo la apariencia de una amistad. Porque ciertos peligros no llegan del mar sino de la gente que se supone que tiene que cuidarte.
La Boca del Diablo sigue a un grupo de amigas y amigos universitarios que se van de vacaciones a Tailandia antes de entrar al mundo adulto. Sara (Kathryn Newton) y Max (Lana Condor) son las mejores amigas de toda la vida, esas que se conocen los secretos y también los rencores. Max tiene una personalidad dominante, impulsiva y convencida de que siempre tiene razón. Sara ocupa el lugar pasivo. El depredador real ya estaba presente antes de entrar en las cavernas.

Amigas, rivales y depredadores: el terror de La Boca del Diablo
El cine de supervivencia suele simplificar a sus personajes para concentrarse en el espectáculo físico. La Boca del Diablo intenta recorrer el camino contrario con un conflicto emocional que condiciona todas las decisiones posteriores. Cuando el grupo decide explorar la cueva, las heridas entre Sara y Max siguen abiertas. El recorrido subterráneo termina convirtiéndose en una extensión material de ese vínculo: un espacio donde cada elección exige decidir a quién seguir y en quién confiar
La excursión inofensiva –una cueva de agua dulce– termina siendo el escenario perfecto para que un tiburón toro decida que esos cinco cuerpos jóvenes son particularmente comestibles. La cueva se llama, por supuesto, la Boca del Diablo, y ahí adentro, entre pasajes angostos y agua negra, la geografía impone sus propias reglas. Cada roca puede transformarse en una prisión y cada decisión equivocada reduce las posibilidades de encontrar una salida.
Durante los últimos años aparecieron tiburones en aviones hundidos, ciudades inundadas, plataformas petroleras y ruinas submarinas –En las Profundidades del Sena, Deep Water, Thrash, Chum y Above & Below–, pero la idea que distingue a La Boca del Diablo del resto del subgénero es esa amistad que se pudre en tiempo real mientras las devora un animal. El guion, escrito por Aja Gabel y Myung Joh Wesner encuentra su mejor material en la superficie: en la manera en que la autoridad social de Max sobre el grupo se traduce, bajo tierra, en decisiones de vida o muerte que nadie debería haberle dejado tomar.
En medio de tanto tiburón de playa abierta, esta amenaza se mueve en un espacio reducido, casi doméstico, casi de pesadilla: el terror de estar atrapada en un lugar ínfimo con la persona que más te lastimó. A diferencia del gran tiburón blanco, el toro es una especie que puede desplazarse por aguas dulces y ambientes menos habituales. Pero el problema es que pertenece a otra película. Esta criatura CGI nunca logra convivir de manera convincente con los cuerpos que persigue; se mueve con una elasticidad que no pertenece a ningún animal real, y sus ataques siguen el patrón previsible de un slasher de los 80s.
El material para una historia perturbadora sobre la amistad femenina y sus jerarquías silenciosas está ahí, latente, en los gestos de Lana Condor (Coyote vs. Acme) y en la mirada cada vez más cansada de Kathryn Newton (Boda Sangrienta 2). Pero la película se queda a mitad de camino entre el terror acuático y el drama de amigas que se traicionan que pudo haber sido.
Hay una película interesante escondida dentro de La Boca del Diablo. Aparece cada vez que el agua se vuelve turbia, cuando los personajes deben atravesar un conducto imposible o cuando el silencio transforma la respiración en el único sonido perceptible. Porque a veces, la persona a la que le das la mano para no ahogarte es la misma que está dispuesta a hundirte.
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