Crítica I Love LA (HBO): Rachel Sennott o cómo sobrevivir en la ciudad del yo

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Rachel Sennott escribe y protagoniza una comedia feroz sobre la cultura influencer. En I Love LA, el narcisismo no es un defecto: es la única forma de sobrevivir.

I Love LA abre con un terremoto y un orgasmo interrumpido. Pero Maia insiste en acabar antes de que el mundo se derrumbe. La escena condensa la tesis de la serie y del tiempo que retrata: una generación que quiere todo, incluso cuando el apocalipsis es inminente. Rachel Sennott, creadora, guionista y actriz, filma el temblor menos como catástrofe que como estado natural de la vida contemporánea: la urgencia constante de mostrarse, venderse, existir frente a una cámara. En ese sentido, I Love LA no habla de Los Ángeles sino del síndrome que la ciudad exportó al planeta: la obsesión por el yo como mercancía.

Sennott, que viene de Shiva Baby, Muerte, Muerte, Muerte y Bottoms, interpreta a Maia, una asistente en una agencia de talentos que sueña con ser representante, influencer, algo. Su jefa –Leighton Meester, deliciosa, cruel– la trata como amiga o esclava según el momento. Su novio Dylan (Josh Hutcherson) es la voz de la razón del grupo, un hombre que cocina, propone juegos de mesa y no entiende bien los algoritmos. Pero Maia no busca equilibrio: busca relevancia. Vive rodeada de un ecosistema donde todo vínculo es una transacción y toda conversación un casting. Porque el afecto, en el siglo XXI, se mide en Tik Tok.

El reencuentro con Tallulah (Odessa A’zion), su ex mejor amiga devenida influencer, enciende el conflicto central de I Love LA: dos mujeres que se necesitan y se detestan, codependientes y competitivas, unidas por la convicción de que la otra es la llave del éxito. Su relación es una alianza empresarial con forma de amistad, una guerra de egos camuflada en likes. Sennott y A’zion logran un duelo actoral vibrante, donde cada gesto está al borde del estallido y cada sonrisa contiene una amenaza. La cámara las sigue como si filmara un reality sin cortes: la autenticidad, para ellas, es sinónimo de performance.

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Rachel Sennott como Maia en I Love LA de HBO Max

I Love LA: Una comedia para la generación selfie

En el universo saturado de luz y vacío de I Love LA, Sennott entiende a sus personajes. Son ridículos pero reconocibles: personas que confunden la exposición con la existencia, que temen volverse invisibles más que infelices. “¿Qué sentido tiene ser buena si nadie lo ve?”. Esa frase funciona como manifiesto de la Gen Z. No importa lo que uno haga, sino quién lo ve hacerlo. En I Love LA, incluso los gestos éticos deben ser rentables.

Los secundarios completan el zoológico LA: Charlie (Jordan Firstman), estilista gay con más ingenio que éxito; Alani (True Whitaker), la nepo baby que no distingue entre la atención y la condescendencia que genera; Dylan, la conciencia perdida en un océano de superficialidad. I Love LA los muestra con ironía pero sin crueldad, consciente de que el narcisismo no es una elección sino una forma de defensa.

El guion alterna brillantez y vértigo. El humor es rápido, vulgar, preciso. Pero bajo la superficie hay una tristeza persistente: la de una generación que no distingue entre amor y networking. I Love LA captura ese tono esquivo –a medio camino entre la sátira y la confesión– que define al cine y la televisión tras la muerte de la ironía.

Visualmente, I Love LA es todo lo que promete su título: una postal brillante y enferma. Fiestas en casas de celebridades, reuniones en cafés con luces imposibles, celulares que iluminan más que el sol. Lorene Scafaria, directora del piloto, entiende que la estética del exceso es el lenguaje del presente. Cada plano es un espejo retrovisor donde los personajes se miran para asegurarse de que siguen existiendo.

Pero lo que distingue a I Love LA de sus predecesoras –Girls, Broad City, Insecure– es su mezcla de cinismo y ternura. No intenta ser la voz de una generación, sino el ruido que esa generación hace al buscarla. Maia puede ser egoísta, frívola, insoportable, pero también es la única que todavía cree en algo, aunque ese algo sea la ilusión de ser alguien.

Hay episodios memorables –la orgía disfrazada de fiesta de marca, el viaje a Nueva York donde todos intentan revertir sus fracasos–, pero I Love LA funciona mejor en lo pequeño: en los silencios, en las disculpas que suenan a casting, las amistades que se disuelven en una notificación.

La serie es un comentario sobre la idea de que la cultura del influencer no inventó el narcisismo, solo lo democratizó. Todos, en distinto grado, queremos ser vistos. Todos construimos versiones de nosotros mismos para que los demás las consuman. I Love LA muestra cómo esa maquinaria de deseo y autopromoción puede destruirte o algo más perverso: convertirte en contenido.

DISPONIBLE EN HBO MAX.

Tráiler:

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