Siete años después de que un cazarrecompensas devolviera cierta suciedad analógica y pulso de western a una franquicia fatigada, The Mandalorian and Grogu opera bajo la lógica inversa. Ya no se trata de utilizar los códigos del género cinematográfico para fundar un mito, sino de utilizar el mito para sostener el consumo. Aquí, el cine funciona menos como un espacio para la exploración estética que como una pantalla sobredimensionada para productos que nacieron con vocación de streaming.
La película transcurre poco después de los eventos de la tercera temporada de la serie de Disney+, aunque ese dato importa menos de lo que sugiere: The Mandalorian and Grogu está diseñada para no necesitar de la memoria. Jon Favreau desecha la mitología acumulada y apuesta por su versión más elemental: un mandaloriano y su criatura, dos huérfanos que se encontraron en el borde equivocado de la galaxia, solos contra todo.

The Mandalorian and Grogu: Del código genérico al flujo de contenido
Cuando apareció The Mandalorian en 2019, la serie funcionaba como un western de frontera perdido en los márgenes de Star Wars. Un cazarrecompensas atravesando pueblos polvorientos, criaturas deformes y tabernas llenas de mercenarios mientras cargaba a un niño que parecía diseñado por Jim Henson después de una sobredosis de ternura.
Había algo primitivo en esa estructura: un hombre endurecido por la violencia descubriendo que todavía podía cuidar de alguien. Favreau entendía el poder del silencio, del casco como máscara emocional, del spaghetti western filtrado por el la ciencia ficción espacial de los 70s. Esa energía –precaria, episódica, pulp– fue lo que convirtió a una serie de streaming en un fenómeno cultural. The Mandalorian & Grogu llega con ese recuerdo y la voluntad de reproducirlo, sin entender que lo que hacía funcionar al original no era la fórmula sino la libertad con que la ejecutaba.
Din Djarin (Pedro Pascal) ahora trabaja para la Nueva República a las órdenes de la coronel Ward (Sigourney Weaver), mientras persigue remanentes imperiales perdidos en la galaxia. En el camino aparece Rotta the Hutt (Jeremy Allen White), el hijo de Jabba, convertido ahora en gladiador interplanetario y heredero de un apellido radioactivo. La película se mueve entre planetas, arenas de combate, bares iluminados con neón y pantanos llenos de criaturas anfibias. Pero debajo del movimiento hay una quietud rara, como si todo ocurriera dentro de una cinta de Moebius. Las aventuras suceden. Los disparos suceden. Los monstruos suceden. Y todo sigue igual que antes.
El beskar protege a Din Djarin de cualquier daño, pero también lo aísla de cualquier contacto humano. Y sin una escritura que compense esa distancia física, el personaje se vuelve emblema de sí mismo. The Mandalorian and Grogu prefiere el espectáculo de la armadura al dilema del hombre, en lo que ese metal le cuesta a quien lo lleva.

The Mandalorian and Grogu: Rotta the Hutt y la herencia como herida
La tragedia de la herencia atraviesa toda la saga Star Wars: hijos aplastados por los pecados de generaciones anteriores, apellidos convertidos en condena. The Mandalorian and Grogu tiene los materiales para una película sobre el trauma generacional, la posibilidad de romper un linaje de crueldad, la pregunta sobre si el origen determina el destino.
Rotta the Hutt es el hijo de Jabba que se niega a ser Jabba, que construyó identidad propia en la arena donde el apellido no pesa. Din Djarin, huérfano de guerra criado en la fe mandaloriana, sabe lo que es heredar un mundo sin haberlo pedido. Grogu sobrevivió a la Orden 66 siendo un bebé y carga con la memoria de una historia que no eligió. Los tres cargando con padres muertos o imposibles, los tres tratando de ser otra cosa.
Pero lo que podría ser un arco narrativo sobre la paternidad fallida y la paternidad elegida, en la película es un slogan psicológico. Rotta repite su trauma como un influencer terapéutico atrapado en un gimnasio alienígena. Favreau resuelve los dilemas morales sin fricción ni consecuencias. Las traiciones no duelen, las heridas no sangran.
Luego está Martin Scorsese vendiendo paninis. El director de Taxi Driver y Goodfellas aparece en una película que encarna todo lo que describió como “no cine” cuando habló de Marvel y de los parques de diversiones culturales. Es el gesto más autoconsciente de la historia del blockbuster moderno. Quizás Favreau es un cínico camuflado o Scorsese decidió que era mejor estar adentro riéndose que afuera quejándose. El hombre que definió el cine del siglo XX vendiendo sándwiches en el universo Star Wars: la galaxia lejana devora el Nuevo Hollywood. Como en 1977.

Jon Favreau: Iconografía, cinismo y el fin del Nuevo Hollywood
El problema principal de The Mandalorian and Grogu es la obediencia. Favreau filma como alguien aterrorizado de romper un juguete demasiado caro. Cada escena parece diseñada para confirmar aquello que el público ya sabe: Mando entra a un salón y todos callan; Grogu hace alguna travesura adorable; aparecen criaturas reconocibles para activar la memoria emocional. La película es un catálogo de estímulos programados. Un reflejo condicionado de la cultura fandom, donde reconocer referencias produce más placer que descubrir ideas.
La paradoja que atraviesa la película es su relación con el pasado. The Mandalorian and Grogu expone el destino final de las franquicias cuando deciden que su única obligación es la autopreservación. Al restituir a sus protagonistas al mismo punto de partida, la película confiesa su naturaleza circular y estéril. No hay aprendizaje, no hay pérdida, no hay transformación. Solo la restauración de un estado de las cosas que permita la producción infinita de nuevas entregas. El relato ya no avanza sino que gira sobre sí mismo.
Andor empujó la franquicia hacia territorios políticos y paranoicos porque partió de la idea de que Star Wars es, en el fondo, una historia sobre el fascismo y la resistencia, sobre el precio de mantener la humanidad cuando el sistema está diseñado para aplastarla. The Mandalorian and Grogu parte de la idea de que Grogu es adorable y que vale la pena pagar una entrada para verlo comer cosas raras. Star Wars atrapada entre dos impulsos irreconciliables: expandirse hacia algo nuevo o repetir su propio museo iconográfico.
La película renuncia a la herencia del Nuevo Hollywood que vio nacer a la saga original –aquel cruce bastardo de seriales de aventuras, mitología clásica y experimentación técnica– para abrazar la condición contemporánea del entretenimiento como flujo de contenido disponible. Así, la épica más grande del espacio se convirtió en una expedición corporativa a la seguridad del desierto vacío.



