Ryan Gosling abre los ojos y el cuerpo no le responde. La gravedad es otra, la memoria no está. Es un hombre reducido a funciones básicas, que empieza a reconstruirse a partir de lo único que conserva: la capacidad de pensar. Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary) comienza desde la amnesia –un científico despierta en una nave que se aleja de la Tierra sin saber quién es, qué hace ahí ni por qué sus dos compañeros de viaje llevan un tiempo muertos– y construye desde ahí una película sobre cómo la identidad es menos una acumulación de recuerdos que una forma de enfrentar lo desconocido.
Phil Lord y Chris Miller –los mismos que convirtieron un juguete de plástico en filosofía pop y un dibujo animado en tratado sobre la autoría y el control– no son directores de ciencia ficción. Son directores de inadaptados. Su materia prima es siempre la misma: alguien que no encaja en ninguna categoría disponible y que, por eso mismo, termina siendo el único capaz de resolver lo que nadie más puede descifrar.
En Proyecto Fin del Mundo, ese inadaptado es Ryland Grace (Gosling), un biólogo molecular que publicó teorías sobre vida sin oxígeno, se quedó sin trabajo en la academia y terminó enseñando fotosíntesis en una secundaria. Un tipo al que nadie tomaba en serio hasta que el astrofago –un organismo que consume energía estelar, apagando cada estrella que encuentra– empieza a apagar el sol. Entonces Eva Stratt (Sandra Hüller, en un registro de acero burocrático que esconde algo parecido a la desesperación pura) lo convoca porque el mundo se quedó sin opciones.

Proyecto Fin del Mundo: Pensar con otro
El guion de Drew Goddard –que ya adaptó a Weird con The Martian para Ridley Scott– opera como un mecanismo de revelación dosificada: la nave en el presente, la Tierra en el pasado, y en el medio un hombre tratando de alcanzar su propia inteligencia. Grace escribe en una pizarra y cada palabra es un límite contra la disolución. Nombre, contexto, hipótesis. La identidad deja de ser un problema psicológico y pasa a ser un problema práctico: uno no es lo que recuerda sino lo que hace con lo que tiene. Y lo que Grace tiene es una pizarra y, luego, un fucking alien.
Rocky es una de las criaturas más improbables del cine reciente: un ingeniero del sistema 40 Eridani de cinco patas, exterior de roca viva, nerviosismo de cangrejo. James Ortiz, el titiritero que lo maneja, construye una psicología completa desde la restricción física, sin rostro expresivo ni gestos, solo cadencia y ritmo. Rocky llega a Tau Ceti con el mismo objetivo que Grace: entender cómo sobrevivir al astrofago. Habla en frecuencias de sonido. No sabe qué es la radiación. Lo que sabe es hacer cosas con materiales que ningún humano habría imaginado combinar.
Cuando Grace y Rocky empiezan a comunicarse –inventando de cero un alfabeto compartido, prueba por prueba, malentendido por malentendido–, no se entienden porque encuentren un idioma común: se entienden porque cada uno confía en la curiosidad del otro. Son dos inteligencias que se reconocen sin tener ningún código previo y deciden fabricarlo juntas.
Esa secuencia es el corazón de la película. El momento en que abandona cualquier pretensión épica y se convierte en algo más raro y más valioso: una historia de amistad entre dos seres tratando de resolver el mismo problema y las ganas de no tener que resolverlo solos.

Proyecto Fin del Mundo: El humanismo científico de Lord y Miller
Proyecto Fin del Mundo es E.T. sin la bicicleta. Es Cast Away con un interlocutor que es capaz de resolver ecuaciones termodinámicas en milisegundos. El problema de la película es que no confía en sus propias sombras. Quiere emocionar y lo logra, pero el camino hacia esa emoción está demasiado asfaltado de señales de tránsito emocional. Donde Arrival dejaba el dolor en carne viva y el tiempo como herida abierta, donde Interstellar se atrevía a la irresolución y al horror del amor que sobrevive en el vacío, Proyecto Fin del Mundo elige cierto sentimentalismo para las masas.
Sin embargo, la película ofrece una tesis sobre el presente. Proyecto Fin del Mundo llega en un momento en el que el optimismo colectivo parece una ingenuidad sospechosa: la ciencia cuestionada como institución, la cooperación internacional como quimera, la confianza entre desconocidos como extravagancia hippie. Y ahí está Ryland Grace, construyendo un lenguaje desde cero con un ser de otro planeta, compartiendo datos sin agenda, resolviendo problemas sin jerarquía de especie.
Andy Weir siempre escribió desde ese humanismo científico, esa confianza en el método como forma de comunión. Lord y Miller, con su historial de blockbusters que esconden manifiestos, lo convierten en algo parecido a un argumento: que la inteligencia, cuando se usa sin ego, es también una forma de afecto. Porque Rocky termina de definir la identidad de Grace: su responsabilidad ahora es hacia alguien concreto y no hacia una abstracción llamada humanidad.
La decisión de convertir el fin del mundo en el escenario de una buddy movie –un profesor de secundaria y una roca extraterrestre que improvisan juntos para salvar sus respectivos sistemas solares– es un manifiesto sobre cómo funciona el conocimiento. La historia de la ciencia no es la historia de los genios solitarios: es la historia de las colaboraciones improbables, de los malentendidos que terminan en descubrimientos, de las personas que confían en alguien que no comprenden del todo.
En un cine saturado de apocalipsis como castigo merecido, apostar por la posibilidad de que las cosas salgan bien roza la provocación. Proyecto Fin del Mundo comienza con un hombre solo en el espacio, sin memoria y sin certezas, y termina siendo una película sobre cómo la conversación con el otro funciona como forma de autoconocimiento. Sobre pensar para no volverse loco. Sobre pensar para que el otro viva. Sobre pensar para que algo, en algún otro lugar, continúe.




