Núremberg: El Juicio del Siglo (2025) es la autopsia de un cadáver que todavía respira: el Tercer Reich convertido en un laboratorio de perversión burocrática y restos de gloria derrotada. En esta nueva aproximación al ocaso nazi, James Vanderbilt filma el juicio más famoso de la modernidad como una cacería de sombras en la que el lenguaje es la única arma cargada. La película desplaza el eje de los tribunales hacia las celdas, transformando la Historia en un duelo mental donde lo que se pone a prueba no es el código penal, sino la resistencia del alma frente al magnetismo del espanto.
Basada en el libro El Nazi y el Psiquiatra de Jack El-Hai, Núremberg se desarrolla en 1945, mientras el mundo intenta recoger sus pedazos y los jerarcas nazis se entregan con la arrogancia de quienes todavía se creen acreedores de un destino heroico. El foco de la película no está en el estrado sino en la prisión Mondorf-les-Bains. Allí, el teniente coronel Douglas Kelley (Rami Malek), un psiquiatra militar con hambre de fama, se propone una tarea que roza la hybris: descifrar el código genético del mal que explique el exterminio. Para eso, debe interrogar a Hermann Göring.

Núremberg (2025): La banalidad del mal en clave de thriller psicológico
Russell Crowe mastica cada escena con una voracidad imperial. Su Göring llega a la prisión cargando su carisma, su obesidad y una adicción a la morfina que no logra nublar su instinto de depredador. Es un seductor que utiliza su propia caída como un escenario. Frente a él, Malek es una colección de tics, energía nerviosa y una autoconfianza que se va quebrando a medida que comprende que no está frente a un loco, sino frente a un espejo. Kelley es un hombre que entra al laberinto con un manual de psiquiatría y sale devorado por sus propias preguntas.
La cámara se pega a los rostros, busca el sudor, el temblor de las manos de Malek y la quietud cínica de Crowe, construyendo una atmósfera donde el aire parece espesar a medida que las confesiones fluyen. La tensión dramática se sostiene en esa intimidad viciada, un juego de seducción intelectual donde el verdugo manipula al analista con la promesa de entregarle la clave de su psique a cambio de que proteja a su familia.
El contrapunto lo ofrece Michael Shannon como el juez Robert Jackson, el hombre encargado de transformar el caos de la posguerra en un proceso jurídico con sentido. Jackson no lucha contra los nazis, lucha contra el deseo de venganza de los aliados, contra la pulsión primaria de resolver la historia con una ejecución sumaria. Su batalla es la de la civilización intentando no mancharse las manos con la misma sangre que pretende juzgar.
Es en este choque de fuerzas –la búsqueda científica de Kelley, la arquitectura legal de Jackson y la seducción manipuladora de Göring– donde Núremberg encuentra su pulso más salvaje y entrega una radiografía de la fragilidad institucional, del desgaste burocrático y las renuncias éticas necesarias para sostener la ficción de la civilización frente a la barbarie nazi.

Núremberg: James Vanderbilt y la anatomía moral del fascismo
Así, la película establece vínculos directos con el presente. El Herman Göring de Núremberg utiliza una retórica de victimización y desprecio por la verdad que resuena en los discursos autoritarios contemporáneos. La idea de que las instituciones no sirven y que el orden puede colapsar en cualquier momento es la retórica del mesianismo de la política actual. Porque el miedo es la mano de obra del poder. Y un fascista no es otra cosa que un burgués asustado.
En su estructura, Núremberg se distancia de la clásica Los Juicios de Núremberg de Stanley Kramer. Mientras que aquella era una obra de teatro filmada sobre la responsabilidad colectiva, la versión de Vanderbilt es un estudio sobre la porosidad de la moral individual. No le interesa el veredicto final como el proceso de deterioro de quienes deben impartirlo. Es una película que se siente urgente porque entiende que el fascismo no pertenece al museo, sino una pulsión que aguarda su turno en la sala de espera de la historia.
Al final, lo que queda de Núremberg no es la satisfacción del castigo, sino la inquietud de la sospecha. La conclusión de Kelley sobre la normalidad de los acusados es el verdadero núcleo de la película: la maldad no requiere de mentes perturbadas, solo de hombres que deciden cumplir órdenes o mirar hacia otro lado. La justicia es una tarea administrativa necesaria para limpiar la sangre, pero en el fondo, vivimos en una época que está a un mal día de convertirse en el objeto de estudio del futuro.




