Todo talento esconde una deuda. En El Afinador (Tuner), esa cuenta la paga Niki Wright (Leo Woodall), un joven que no puede escuchar el mundo sin que le duela. Daniel Roher, documentalista curtido y ganador del Oscar por Navalny, debuta en la ficción con esta historia sobre un afinador de pianos con oído absoluto e intolerancia física al ruido. Aquí, escuchar ya no significa comprender una melodía sino detectar la violencia del entorno. El Afinador es un thriller criminal, aunque el delito ocurre bastante antes de que aparezca la primera caja fuerte. Porque en el capitalismo, la genialidad es solo una mercancía que todavía no encontró un comprador adecuado.
Niki pertenece a una especie frecuente en el cine contemporáneo: la del prodigio que llegó demasiado temprano a su propia vida. De niño fue pianista; de adulto apenas puede acercarse a un instrumento sin que el sonido lo lastime. La hiperacusia convierte cualquier ruido en agresión. Lo que sobrevive de aquel niño virtuoso es una capacidad auditiva extraordinaria que ahora utiliza afinando pianos para una burguesía que compra pianos para no tocarlos. Alcanzan el brillo del barniz y la tranquilidad de pertenecer a cierta clase social. Niki devuelve el sonido perfecto a objetos cuya función principal consiste en demostrar riqueza.

El Afinador: La música después del conservatorio
Por eso el paso hacia el crimen ocurre con naturalidad. Nadie obliga a Niki a convertirse en ladrón profesional. Apenas descubre que el oído capaz de distinguir una nota ligeramente fuera de tono también puede escuchar el mecanismo interno de una cerradura. Cambia el objeto, permanece la destreza. Afinar un Steinway o abrir una caja fuerte exigen la misma paciencia, la misma concentración, el mismo respeto por una máquina construida alrededor de la exactitud.
Uri (Lior Raz), el jefe de la banda de ladrones, reconoce el valor económico de aquello que el mercado de la música había descartado. Para el capitalismo contemporáneo, el problema nunca consiste en carecer de habilidades sino en descubrir quién consigue sacar provecho de ellas. Niki dejó de ser pianista porque escuchar lo enferma; termina abriendo cajas fuertes porque escuchar todavía produce ganancias. Por eso El Afinador tiene algo de inventario del fracaso contemporáneo. Durante décadas el cine insistió con la idea de que el talento abría cualquier puerta. Roher propone una hipótesis bastante menos optimista. El talento sirve para encontrar trabajo, para resolver problemas ajenos y, sobre todo, para aumentar el patrimonio de otros.
Roher evita transformar esa deriva en un relato de ascenso social. Niki usa el dinero para pagar la deuda hospitalaria de Harry (Dustin Hoffman), pianista veterano y padre sustituto. Leo Woodall interpreta a un hombre acostumbrado a pedir permiso incluso cuando tiene razón. Habla poco, observa demasiado. Cada ruido modifica la expresión de su cara antes de que aparezca cualquier reacción consciente. El oído gobierna al resto del cuerpo. La inteligencia del personaje nunca adopta la forma del genio brillante sino la del trabajador especializado, alguien que aprendió a resolver problemas mientras otros reciben el reconocimiento.
¿Qué ocurre cuando una capacidad extraordinaria deja de definir una identidad para convertirse apenas en una herramienta productiva? ¿Qué clase de resentimiento fabrica una sociedad que recompensa la utilidad más que la belleza? ¿Cuánto tarda un talento en convertirse en servicio?
La relación con Ruthie (Havana Rose Liu) introduce otra dimensión del mismo conflicto. Ella todavía pertenece al territorio de la creación. Compone, estudia, proyecta un futuro alrededor de la música. Niki permanece cerca de ese mundo, pero ya no le pertenece. Los dos hablan el mismo idioma; solamente uno conserva la posibilidad de seguir escribiéndolo.
La música admite vacilaciones, respiraciones, accidentes mínimos que vuelven irrepetible una interpretación. Una caja fuerte, en cambio, exige obedecer un mecanismo exacto. El Afinador se mueve entre esas dos formas de entender el mundo. Cada vez que se acerca a la música encuentra personas. Cada vez que vuelve a la cerradura aparecen funciones. Y pocas derrotas resultan tan discretas como descubrir que un hombre nacido para la música termina ganándose la vida oyendo el ruido del dinero.


