Luis Puenzo (1946-2026): Filmar cuando todavía duele | 5 películas esenciales

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Con una obra atravesada por la memoria, la culpa y la historia reciente, Luis Puenzo obligó a la sociedad argentina a mirarse a sí misma cuando todavía no sabía cómo hacerlo.

Luis Puenzo murió a los 80 años, en Buenos Aires, y con él se va algo más que un director: se va el hombre que convirtió el cine argentino en un arma cargada de preguntas, el que filmó la culpa de una generación entera y la puso en una pantalla para que nadie pudiera mirar para otro lado.

La Historia Oficial: El antes y el después del cine argentino

Luis Puenzo era el director de La Historia Oficial, la película que en 1986 le dio al país su primer Premio Oscar, y eso lo convirtió en un héroe nacional sin quererlo, sin buscarlo, porque él no era de los que buscaban la fama sino de los que buscaban contar historias –historias difíciles, historias que dolían, historias que la gente no quería pero necesitaba escuchar–. La Historia Oficial hablaba de los desaparecidos, de los bebés robados, de la complicidad civil, y lo hacía cuando todavía dolía demasiado hablar de eso, cuando la dictadura recién se había ido y nadie sabía bien qué hacer con ese pasado que seguía ahí, en estado de miedo latente.

La película era perfecta en su imperfección: melodramática, dolorosa, con Norma Aleandro llorando en primer plano y Héctor Alterio mintiendo sin convicción, y funcionaba porque tocaba el nervio exacto de una sociedad que empezaba a preguntarse quién había sido durante esos años. Luis Puenzo escribió La Historia Oficial con Aída Bortnik, y juntos construyeron algo que era a la vez cine argentino y cine universal, una historia local que hablaba de cosas que pasaban en todas partes: la culpa, el silencio, la cobardía, la necesidad de saber.

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Héctor Alterio en La Historia Oficial de Luis Puenzo

De Carlos Fuentes a Camus: Luis Puenzo después del Oscar

El Oscar lo cambió todo y no cambió nada. Luis Puenzo siguió siendo el mismo tipo de antes –discreto, trabajador, obsesionado con contar bien las historias– pero ahora tenía acceso a Hollywood, a los presupuestos grandes, a las estrellas internacionales. Así llegó Gringo Viejo en 1989, una adaptación de la novela de Carlos Fuentes con Gregory Peck, Jane Fonda y Jimmy Smits, ambientada en la Revolución Mexicana, una película ambiciosa que intentaba ser un western intelectual y que terminó siendo una película extraña, atrapada entre dos mundos: el cine de autor y el cine comercial, sin llegar a ser ninguno de los dos.

Después vino La Peste en 1992, basada en la novela de Albert Camus, con William Hurt y Robert Duvall, y ahí Puenzo confirmó que era mejor contando historias argentinas que historias universales, era mejor hablando de lo que conocía que de lo que había leído. La Peste es una película fría, demasiado respetuosa con el texto original, sin la urgencia y el dolor que tenía La Historia Oficial. Camus escribió sobre la alienación y la muerte en tiempos de epidemia, pero Puenzo no logró traducir eso al cine de una manera que importara, que doliera.

Los años 90s fueron difíciles para Luis Puenzo, como fueron difíciles para casi todo el cine argentino. El país entraba en el menemismo, en la fiesta brava del uno a uno, y el cine quedaba relegado, sin apoyo, sin público, sin sentido. Puenzo participó en 1994 en la redacción de la Ley de Cine que estableció la autarquía del INCAA, intentando desde la política audiovisual lo que no podía hacer desde las películas: salvar el cine argentino, darle una estructura, una posibilidad de futuro.

Pasaron doce años hasta que volvió a dirigir. La Puta y la Ballena llegó en 2004, con Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón, y era una película sobre la memoria, sobre un escritor español que busca en la Patagonia las huellas de un anarquista que luchó en la Guerra Civil. Era, en el fondo, otra historia sobre el pasado que no se va, sobre los muertos que siguen hablando, sobre la imposibilidad del olvido. Tenía momentos hermosos –la Patagonia filmada como un paisaje mental, los flashbacks que se confundían con el presente– pero también una cierta melancolía cansada, la sensación de que Puenzo ya había dicho lo que tenía que decir.

Y después, casi nada. Entre 2019 y abril de 2022 fue presidente del INCAA, en un momento político complicado, tratando de sostener una institución que siempre estuvo al borde del colapso. Los últimos años se alejó de la vida pública por problemas de salud, y uno podía imaginarlo en su casa, mirando quizás las películas viejas, las de cuando todo era posible, cuando el cine argentino era una promesa y él era el tipo que la había cumplido.

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La Historia Oficial, la película de Luis Puenzo que cambió la historia del cine argentino

Luis Puenzo: 5 películas esenciales

Luces de mis Zapatos (1973)

La primera, la película perdida, la que casi nadie vio. Una historia infantil con Norman Briski, filmada cuando Luis Puenzo todavía estaba aprendiendo el oficio, cuando todavía no sabía que iba a cambiar el cine argentino. Luces de mis Zapatos es una película modesta, llena de imperfecciones, pero también de una cierta inocencia que después Puenzo perdió –o tuvo que perder– para convertirse en el director que fue. Verla ahora es como ver los primeros pasos de alguien que todavía no sabe adónde va pero que ya tiene la intuición de que el camino va a ser largo.

La Historia Oficial (1985)

La que lo cambió todo. La que puso el cine argentino en el mapa. La que ganó el Oscar. Norma Aleandro es una profesora de historia que descubre que su hija adoptiva puede ser hija de desaparecidos, y esa revelación destruye su vida burguesa, su matrimonio, sus certezas. La Historia Oficial funciona porque acompaña a Alicia –el personaje de Aleandro– en su despertar doloroso, en su transformación de cómplice inconsciente a testigo. Puenzo filma con pulso casi documental, dejando que los silencios hablen tanto como los diálogos. Es melodrama puro, pero melodrama que dice verdades que ningún documental podría decir.

Gringo Viejo (1989)

La película imposible: un western mexicano filmado por un argentino con estrellas de Hollywood. Gregory Peck hace de Ambrose Bierce, el escritor estadounidense que desapareció en México durante la Revolución, y Jane Fonda es la maestra que se enamora de él. Gringo Viejo es hermosa y frustrante a la vez, llena de imágenes potentes –el desierto, los trenes, las batallas– pero también de diálogos pesados, de simbolismos obvios. Luis Puenzo intentaba hacer una reflexión sobre el idealismo y la muerte, pero el resultado es una película que respeta demasiado sus fuentes literarias y se olvida de ser cine.

La Peste (1992)

Camus llevado al cine por un argentino obsesionado con las epidemias morales. William Hurt es el doctor Rieux, Robert Duvall es Tarrou, y entre ellos circula la peste –la enfermedad, pero también la indiferencia, el miedo, la alienación–. Luis Puenzo filma en blanco y negro mental, con una distancia casi clínica, como si estuviera documentando un desastre en lugar de narrarlo. La Peste es una película valiente en su frialdad, en su negativa a dar consuelo, pero también una película que se queda en la superficie de las ideas sin llegar nunca a la carne, al dolor físico de la peste.

La Puta y la Ballena (2004)

El regreso después del silencio. Leonardo Sbaraglia es un escritor español que viaja a la Patagonia buscando las huellas de un antepasado anarquista que luchó en la Guerra Civil y terminó en Argentina. La película mezcla tiempos, cruza la Barcelona republicana con la Patagonia vacía, y en ese cruce encuentra su verdad: que el pasado nunca muere, que los fantasmas siguen hablando, que la memoria es una condena hermosa. La Puta y la Ballena tiene la melancolía de las películas hechas por directores que saben que el cine ya no es lo que era, pero también la dignidad de quien sigue intentando decir algo verdadero.

El cine argentino le debe todo. El Oscar, claro, pero también la posibilidad de pensar que se podía competir en el mundo sin dejar de ser argentino, sin traicionar la propia voz. Luis Puenzo demostró que se podía hacer cine local con ambiciones universales, que las historias de acá podían hablarle a todo el mundo.

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